1924. La radio se estableció oficialmente en España de la mano de unos cuantos locos que con sus emisoras de radioaficionado empezaron a poner en práctica un uso más importante del medio que el que hasta ese momento se le estaba dando. Y a la transmisión de la voz se le añadieron otros ingredientes como la música, la publicidad… los sonidos del mundo, en definitiva.

La radio, especialmente en España, empezó a ser un poderoso instrumento de información y de propaganda, pero sobre todo, un elemento insustituible para acompañar. Para viajar con la imaginación a todas partes. Para inventar historias apasionantes que llenaban muchas vidas, con pocos recursos para ser vividas con cierta holgura, con cierta alegría, con cierta libertad.

Y llegó la televisión. Y también fue y sigue siendo un poderoso instrumento para llevar a todas partes la vida misma. Con imágenes reales. No tanto con sonidos que, de la mano de la radio, creaban en cada persona las imágenes que su cabeza les hacía fabricar. Fíjate en la diferencia. Fíjate en la riqueza y abundancia de paisajes variados en sonidos, frente a la simple y llana imagen real. Por eso la radio no murió cuando apareció la tele. Por eso, y por el saber hacer de muchos profesionales con oficio que elaboraban todos sus programas con un montón de recursos. Que hicieron de la radio un medio único.

Y llegó la democracia. Y la radio ganó en posibilidades y en libertad de acción. Las nuevas tecnologías consiguieron mayor alcance, mejor calidad de sonido, mayor inmediatez en la transmisión de sucesos.

Fuente: El País – Ricardo Martín

Y llegó el 23-F. Nuestro medio del alma obtuvo un protagonismo vital aquella noche. Nos metió dentro del Congreso de los Diputados y nos hizo protagonistas de todo lo que ocurría. La radio se consideró el medio de información más rápido, más eficaz, más sencillo de manejar por los profesionales del Periodismo para contar más cosas en menos tiempo que con la televisión o el periódico. Los periodistas le cogieron el truco y el gustillo y fueron apoderándose de un medio de comunicación que hasta el asentamiento de la democracia era un espectáculo, una fuente de contenidos, más que de información, cuyo monopolio tenía en exclusiva la radio pública. El hambre agudiza el ingenio. Y a menos hambre, menos ingenio. Todo lo que apoyaba a la radio para crecer más, terminó por ir acabando con ella tal como la conocíamos en sus épocas doradas.

Y llegó internet. Y los contenidos online, con o sin imágenes. Y cada espontáneo que se manejaba con todo esto nuevo, creo su propio canal de comunicación. Cientos de canales online, cientos de canales de televisión, miles de canciones y películas gratis, o casi. Ya no hacía falta poner la FM, ni el “hilo musical”, ni comprar un disco. Para enterarnos de lo que sucedía en tiempo real, internet también empezó a contárnoslo. Tampoco, pues, hacía falta comprarse el periódico… ni oir la radio.

Sin embargo, la radio seguía siendo más directa, más creativa, más profesional, más incisiva. Y llegó la “crisis” y lo políticamente correcto. Y con ello, esa manía de todo el mundo de ser muy importante y saber hacer de todo sin la más mínima preparación. Un maquillaje potente, un discurso vacío y redundante y cuatro ideas de colegio para hacer un programa, una cuña publicitaria, un informativo… El dial se saturó de emisoras que decían lo mismo a la misma hora. Y las grandes cadenas absorbieron las cuatro emisoras independientes que quedaban. En vez de diez o veinte emisoras, ahora se pueden sintonizar en la grandes ciudades más de 90. Las que informan con ciertos medios para hacerlo más o menos bien se han reducido a 3 o cuatro cadenas privadas, la radio estatal y la autonómica. Más canales y menos opciones. El resto son emisoras “alegales” o no, que ponen los mismos discos a la vez, salvo honradas excepciones, en ciudades más o menos grandes. Queda algún oasis que se ha tenido que especializar temáticamente para sobrevivir con cierta dignidad, pillando un trozo de tarta publicitaria.

Aunque los grandes profesionales del medio han ido retirándose o desapareciendo, todavía quedan algunos muy buenos. No desesperemos. Muchos de estos hacen una radio eminentemente informativa, que es lo que saben hacer muy bien y puede resultar viables económicamente. Quedan algunos otros que, además, conservan el oficio del radiofonista. Pocos.

A pesar de todo, la radio es tan grande y tan hermosa, que seguimos encontrando oasis deliciosos con maravillosas voces amigas si sabemos buscar. Emisoras -algunas de barrio- con magníficas selecciones musicales y locutores que transmiten cosas. No son los más ni las más, pero es lo que hay. Y todavía nos quedan el baño, la cocina y sobre todo el coche para no abandonar la sana costumbre de escuchar nuestra radio favorita. Busquemos a aquellos que nos dicen cosas y nos las dicen bien. Que nos informan de manera entretenida, que nos ponen una canción que no esperábamos escuchar, que juegan con el factor sorpresa, cosa que no podemos disfrutar en soportes más previsibles.

El factor sorpresa. Ese que empezó a morir cuando se publicaron las identidades y las caras de quienes en otro tiempo imaginábamos… Cuando famosos de televisión inundaron las ondas sin saber que el lenguaje, el oficio de la radio no tenía nada que ver con lo que hacían ellos, ni era un complemento, ni un pariente menor.

Pese a todo lo que acabo de escribir, no soy capaz de montarme en el coche sin mi radio de fondo. Que, a pesar de todo, me sigue acompañando, contándome lo que pasa y entreteniéndome en algunos magníficos casos. Llevo más de tres años sin televisor en casa. Tiro de Youtube y de otras vetas, pero sobre todo y a pesar de todo sigo escuchando la radio. Cruzo los dedos para que se reorganice un dial saturado, para que vuelvan años alegres, publicitaria y económicamente hablando y para que esto nos permita recuperar una radio con más recursos, más profesionales, más y mejores oyentes.

El 13 de febrero es el Día Mundial de la Radio. Que sea también un feliz día para ti.

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